Con motivo del aniversario de los 10 años de la edición de la revista METALOCUS se celebra en la Galería Raquel Ponce una muestra del trabajo e ideario de esta publicación que vincula en sus contenidos arte y arquitectura, además de otras disciplinas. El montaje de la exposición se ha centrado en tres aspectos. El primero, una selección de colaboradores (179 de los más de 500 que se han producido en estos 10 años) y una selección de textos que recorren toda la pared de la galería mirando al centro donde se ubica un bosque de revistas que aparecen suspendidas del techo, volando. Se reconoce el valor de las diferentes miradas que a lo largo de estos años han planteado los colaboradores de la publicación, relacionándose de manera directa con el “mundo de las ideas” que ha quedado plasmado en la publicación. El segundo, la intervención del grupo “Boamistura”. La realización de dos murales que hablan sobre lo permanente y lo temporal, sobre el material utilizado en la revista “el papel” y su reinterpretación del mundo de las ideas por sus editores, (José Juan Barba y Spiros Papadopoulos). Son un grupo de jóvenes artistas que acaban de participar en los actos de la caída del muro de Berlín con su intervención a escala urbana en las medianeras de diferentes muros. Su trayectoria no adscrita a tendencias, claramente exponencial, no renuncia a colaboraciones con empresas como Sony. El tercero, la realización de tres videos de 4, 9 y 5 minutos, proyectados en la planta baja de la galería, como vínculo con la “imagen cinematográfica” contemporánea, demostrando que el soporte es tan sólo una excusa para contar, presentar y seleccionar las propuesta que se plantean en el “mundo de las ideas”. Los textos realizados específicamente para la exposición por 28 personajes del mundo de la cultura, que van desde filósofos como Javier Echevarria (Telépolis, Cosmopolitas domésticos…); arquitectos como Josep Lluis Mateo, Tuñón y Mansilla, Ecosistema Urbano, Andrés, Perea, Martín Lejárraga,…; matemáticos como Félix Ruiz de la Puerta; artistas como Narelle Jubellin; críticos de Arte, como Javier Maderuelo; urbanistas como Daniel Zarza, y colaboraciones internacionales como Yorgos Tzirtzilakis de Grecia, Gordon Kipping de Nueva York,… METALOCUS es una revista bilingüe que ha recibido entre otros los siguientes premios: 2005 PREMIO INTERNACIONAL "PIERRE VAGO" COMITÉ INTERNACIONAL DE CRÍTICOS DE ARQUITECTURA. C.I.C.A. Londres, 2005 2005 PREMIO INTERNACIONAL “PANAYIOTIS MICHELIS”, A LA DIFUSIÓN DE LA ARQUITECTURA. Asociación de Arquitectos de Atenas. 2005 2001 PREMIO A LA DIFUSIÓN DE LA ARQUITECTURA. PREMIO SANTIAGO AMÓN. Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. 2000 LA REVISTA VOLADORA (2008)* Las revistas son el escenario donde se presenta el último acto de la arquitectura. Con la desaparición de los bosques, del papel y la explosión de las ".com", las publicaciones en papel se han convertido en el último laboratorio objetual y verdaderamente dialéctico, dentro de la cultura de lo virtual. Una cultura que cada diez años borra su disco duro para volver a regenerarse por completo, donde la información y su almacenaje son imposibles, no por su virtualidad sino por la pérdida en sí mismo de sus contenidos. ¿Dónde están las publicaciones virtuales que desaparecieron con la primera hecatombe y hundimiento de las ".com"? La revista voladora, se ha convertido en una publicación mítica donde se puede hacer realidad el inconsciente colectivo de un nuevo modo de existir de la arquitectura. La revista voladora, no es un manifiesto retroactivo de nada y sí una bitácora y cuaderno, un instrumento que nos marca un norte personal y un cuaderno en el que anotamos, a modo de memoria, los descubrimientos acontecidos. MADRID, 1998 Un día, en un círculo de bellas artes, un arquitecto diseñó una revista voladora de bolsillo. Nadie recordaba quién había sido. La idea se respiraba en el ambiente. Otros estaban diseñando revistas flotantes, publicaciones ensimismadas o revistas en rollos de papel higiénico. Alguien tenía que inventar la revista voladora de bolsillo. La revista voladora de bolsillo -una botella de oxígeno en una atmósfera cuya altitud la hacía demasiado densa para su respiración- parecía un primer paso, modesto pero radical, dentro de un programa utópico para mejorar las publicaciones y la narración de mundos paralelos escondidos. A finales de la década de 1990, la situación de las publicaciones se había vuelto inflexible, incluso desesperanzada. Para demostrar la fuerza de la idea, los arquitectos decidieron construir un prototipo y presentarla a los concursos. La revista tenía la forma de un pequeño cuadrado de 15 x 15 cm, que respondía y dependía del tamaño de los pliegos de papel y a su necesaria manejabilidad. La revista podría viajar en el metro, en el autobús, en un avión, en cualquier rincón de viaje en el que su propietario la liberase al abrir sus contenidos. El vínculo de intimidad que su tamaño generaba la convertía en una publicación verdaderamente dialéctica, usada en momentos íntimos que no demandaban atril. LAS ".COM" El contexto que había promovido las nuevas revistas de final de siglo languidecía ensimismado. En este final de década las ".com" se erigían en las torres sobre las que se otea el horizonte de los paisajes mediáticos. Una revista editada en papel parecía convertirse en una balsa transitando de manera inestable por un mar embravecido de virtualidad. Los observadores de esta travesía se posicionaban en optimistas y pesimistas, al contrario de lo que ocurría en el conocido cuadro francés de principios del XIX, "La balsa de la Medusa" de Théodore Géricault, en las que eran sus propios ocupantes los que ante el naufragio sufrido se situaban (pesimistas en la parte inferior y optimistas en el vértice superior del triángulo formado por la composición). El mar de las ".com" era un mar de virtualidad que parecía más el contexto para un naufragio que el de la salida de una revista. En una reunión secreta, los arquitectos autores de la propuesta decidieron usar la revista voladora de bolsillo como vehículo para su huída hacia la libertad. En cierto modo, gracias al desarrollo tecnológico que permitía el nacimiento de las ".com", se habían desarrollado nuevos ordenadores y nuevos programas que permitían la edición de una publicación sin estar esclavizado a los dictámenes de los antiguos gurús de la fotomecánica y fotocomposición. Lo que parecía una contradicción, su relación con el mundo virtual de las comunicaciones, en realidad sería el reflejo de su viabilidad. Pocos años antes, las publicaciones se hacían artesanalmente, en poco tiempo la revolución tecnológica había llegado también a las imprentas y se había convertido en el Eolo que hacía posible la navegación de una revista voladora. Que la revista fuese el reflejo impreso de un intento por alcanzar un punto mítico de una publicación allí donde todo estaba completamente inventado, resultó inicialmente sospechoso. La idea de una revista que generaba nuevos campos dialécticos y de relación, su carácter furtivo (algunos distribuidores comentaban que fomentaba la delincuencia, pues los lectores la robaban amparados en su tamaño), su presencia casi invisible, o su incidencia al igual que un iceberg en el pensamiento mediático de la arquitectura: de repente la volvió subversiva. Algunos dudaron de su longevidad, otros se escandalizaron por la aparición de payasos histriónicos entre los publicados (¿Qué puede ser un payaso sino histriónico?) y otros cuando recibió tempranamente el primer premio, la miraron dubitativa y sospechosamente pues afirmaban que había un banco detrás (la banca, ¿? sí, la banca). Algunos incluso quisieron presagiar que la ciudad de Madrid no era el lugar adecuado para este tipo de "aventuras", que aquellos arquitectos deberían irse a paraísos lejanos donde les aseguraban toda la fortuna del mundo. A sus autores, quizá inconscientes, tan sólo les importaba el vuelo. Se plantearon cual debía ser su identidad y comenzaron por definir sus intenciones. La revista voladora debería estar consagrada a la concepción artificial y al nacimiento acelerado de teorías, interpretaciones, construcciones mentales y propuestas, así como a la transmisión de todas ellas al mundo. Debía ser una publicación donde la ciencia, el arte, la poesía y los diferentes tipos de locura compitiesen en condiciones ideales para inventar, destruir y restablecer el mundo de la realidad fenomenológica. Así, cada arquitectura y cada manía tendrían sus páginas sobre las que se apoyaría su discurso. El cambio en el perfil ideológico de los publicados sería rápido y continuo: un rico espectáculo de una ética propia desarrollada por los editores, el resultado de febriles reflexiones en la que número tras número aumenta o simplemente varía la temperatura, si se quiere la ejecución de una masturbación intelectual. LA ESTÉTICA DE LA INCERTIDUMBRE. La revista voladora estaba dividida en múltiples partes, que en realidad son una, pues cada una de ellas se abría para contener a la otra: la arquetípica estructura de las cajas chinas en este caso con variación. En muchos números la estructura narrativa acentuaba una atmósfera de vaguedad, de falta de certeza. Su estructura interior estaba marcada por voces, tiempos y espacios claramente determinados que, sin embargo y paradójicamente, construían una estética de la imprecisión. Sus historias estaban abiertas y el lector no podía conocerlo todo, pues en realidad nunca se llega a conocer todo. El deseo insatisfecho, el deseo inalcanzable, la quimera de conocer. Con esta deriva se conseguía plasmar la incertidumbre de su época, la certeza de que no existe ni una verdad ni un absoluto, la sospecha o la certidumbre de tomar por cierto lo falso y viceversa. Esta imprecisión, utilizada en diferentes ocasiones en la estructura, se convertía en el verdadero hilo de Ariadna que, conjuntamente con la visión múltiple de los diferentes colaboradores, llevaba a pensar que en el fondo no hay protagonistas y que en realidad es una manera de elaborar metanarrativamente un concepto: la disolución del sujeto o la incertidumbre como propuesta estética. LA TRAVESÍA. La travesía comenzó una mañana temprana del primer día de 1999, en plena efervescencia de las ".com" y ante la catarsis que suponía la llegada del fin del mundo con el cambio de milenio. En este contexto apocalíptico los arquitectos editores se lanzaron al vacío desde Madrid. Tras una década de travesía por los aires de todo el planeta, las relaciones entre los arquitectos editores se habían consolidado. La travesía había producido algunos jirones en los trajes, lo que les hacía perder algo de la compostura inicial y en cambio ganar en una descuidada y elegante tranquilidad. Diez años antes, aquellos agoreros o el mar de las ".com", les hubiesen hecho pensar que el mundo habría sucumbido ante la virtualidad. Durante esos diez años la desaparición y reaparición de compañeros de viaje en la edición de la arquitectura había y seguía siendo constante. Por otro lado, la realidad era que las torres de las ".com" se habían hundido y nuevamente se habían vuelto a levantar y en realidad lo único que había ocurrido es que la costa de Gran Bretaña, según Benoît Mandelbrot, al existir más oteadores había aumentado su longitud. Dicen que cualquier deriva tiene un tiempo canónico de al menos veinte años. Cinco minutos más tarde, tras haber cumplido los diez primeros años de vuelo, los arquitectos editores de la revista voladora recordaron una frase mítica de los nadadores de la piscina constructivista publicado treinta años antes, que decía así: "No hay un camino fácil para ir de la Tierra a las estrellas",los dos se miraron y nuevamente se lanzaron al vacío para retomar su conocido vuelo en la revista voladora. METALOCUS, la revista voladora, es una máquina que crea adicción, una máquina de la que no hay escapatoria. Otoño, 2008. José Juan Barba * O el recuerdo de un sueño imposible, como el conocido "cuento de la piscina constructivista" realizado por el Dr. Caligari Cabinet of Metropolitan Architecture. --------------------------------------------------------------------------------------- |